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Como los premiados eran
cinco, se descartó uno y debatió ampliamente qué grado de la vieja
cárcel debería permanecer. Al final se inclinó porque fuera poco,
sobre todo tras una visita al edificio en la que vieron que era
demasiado «adusto y severo» y que su carácter represivo podría
derivar en un proyecto conventual, alejado de los cánones de un
museo contemporáneo.
Por eso descartó al madrileño Ignacio
Vicens y Hualde (tercer premio), que incluye entre sus colaboradores
a jóvenes arquitectos jienenses y que fue muy valorado por Moneo.
«Seguramente, es el mejor a la hora de resolver la idea de
reutilizar la cárcel», dijo, pues mantiene la estructura del
edificio, envuelto su perímetro por un lucernario alargado y
semiexcavado que sirve de pasillo y acceso a las salas.
Una
vez definido el criterio, al jurado le costó decidir entre los dos
mejores. El que quedó segundo, del sevillano Ricardo Alario, es una
solución intermedia, pues aunque conserva la torre de vigilancia
central, vacía el interior. Pero su exterior conserva una
iconografía carcelaria excesiva.
«No se pretende prescindir
de la memoria, pero tampoco recordar obsesivamente el dolor y la
tristeza que acompañan a una cárcel», explicó Moneo. En ello
coincidió el director conservador de la Catedral de Jaén, Pedro
Salmerón, miembro también del jurado. «Nos pareció un edificio muy
fuerte e impactante, y mantenerlo entero, con todos sus
condicionantes, era demasiado; pero tampoco nos parecía justo
olvidarlo del todo», dijo. «Así, el proyecto ganador, aunque
recuerda a la cárcel, permite hacer un museo moderno y que la gente tendrá también la sensación de estar
viendo la historia de Jaén», añadió.
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