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I.-INTRODUCCIÓN.
Consideramos fundamental la inclusión de un
capítulo dedicado a conocer cuál ha sido el desarrollo de 1a
investigación sobre la escultura ibérica desde su descubrimiento,
hace algo más de un siglo. Este análisis puede aclararnos las razones
de esta evolución, y darnos una explicación histórica para las teorías
que hoy se manejan sobre este tema. Sin embargo, no podíamos
limitarnos exclusivamente a señalar los trabajos dedicados al análisis
de la escultura zoomorfa, ya que las interpretaciones de mayor interés
se han fundamentado tanto en ella como en el resto de las
manifestaciones culturales (cerámica, metalurgia, construcciones,
etc.), y la evolución de las ideas no se explica bien sin esta visión
de conjunto. Por ello hemos incluido datos sobre estudios
monográficos o trabajos de campo que, sin necesidad de resultar
exhaustivos, ayudan a comprender que la escultura zoomorfa ibérica no
ha sido interpretada sólo por sí misma, sino con ayuda de todos estos
testimonios complementarios.
Descubrimiento y primeras interpretaciones
La escultura, y en general las diversas manifestaciones culturales de
época ibérica fueron reconocidas e identificadas por vez
primera tras el descubrimiento del Cerro de los Santos (Montealegre
del Castillo, Albacete), donde fueron exhumadas más de un centenar de
esculturas de piedra, así como abundantes restos cerámicos v
metálicos. El primer aviso fue dado por J. de D. AGUADO Y ALARCÓN
(1875, p. 3),
provocando las primeras reacciones de la ciencia oficial
(.J
DE
RADA Y DELGADO 1875,
p. 12) y ciertas atribuciones erróneas (AMADOR
DE LOS RIOS,
1862). La polémica llegó con las excavaciones de Juan V y Amat,
relojero de tecla, Murcia y aficionado a las antigüedades, que realizó
diversas falsificaciones y variaciones en algunas estatuas originales
con vistas a su venta al Museo Arqueológico Nacional. Esta
institución, recientemente inaugurada, había enviado allí a dos de sus
funcionarios para engrosar sus fondos mediante adquisiciones de los
objetos que guardaba el Sr. Amat y otros encontrados en las
excavaciones de los PP. Escolapios de Yecla a fines de 1870 cuya
publicación había llamado la atención de dicho Museo
(Memoria de 1871)
Las diversas opiniones sobre la adscripción cultural o cronológica de
los restos de este yacimiento, así como las discusiones sobre la
presencia o ausencia de esculturas falsas (J. R.
MELIDA,
1903-1905),y la realización de nuevas excavaciones dieron una cierta
popularidad al tema de la arqueología ibérica. Este primer momento ha
sido analizado con detalle por A. FERNÁNDEZ AVILÉS
(1949).
Los últimos años del siglo
XIX
fueron especialmente prolíficos en los hallazgos de escultura ibérica,
siendo de resaltar el exhaustivo trabajo de revisión llevado a cabo
por los investigadores extranjeros A. Engel y P. Paris, que llegaron a
la Península atraídos por los nuevos descubrimientos. Fruto de sus
viajes fue el traslado de numerosas piezas, como la Dama de E1che, las
esfinges de Agost y
el grifo de Redován, etc., a
París. Estos dos estudiosos realizaron asimismo la excavación del gran
poblado de Osuna (A. ENGEL Y P. PARIS, 1907), cuyo material fue
igualmente trasladado al Museo de! Louvre. Es precisamente a P. PAR1S
(1903, pp. 304-311) a quien debemos una de las primeras
interpretaciones sobre el origen y desarrollo de la escultura ibérica.
Según este autor, se desarrollaría una primera fase de escultura muy
primitiva, centrada en e! occidente de la Meseta y que abarcaría las
manifestaciones de toros, verraco s y guerreros «lusitánicos». Sin
embargo, en un determinado momento, la Península sufrirá el impacto de
dos pueblos: fenicios y micénicos. El contacto con estos últimos
producirá cambios radicales en las estructuras de defensa de los
poblados y en la producción cerámica y metalúrgica. Los fenicios, por
otro lado, favorecerán la familiarización de los iberos con una mezcla
de corrientes iconográficas orientales llegadas de Caldea, Babilonia o
Egipto, que darán como fruto la talla de piezas como la Bicha de
Balazote, las esfinges de Agost o el grifo de Redován. La
sustitución de la Grecia micénica por la etapa arcaica producirá en un
segundo momento cambios en la cerámica, que incluye entonces motivos
animales. La escultura presentará un mayor refinamiento, cuyo mejor
exponente es la Dama de Elche. Este momento de esplendor, sin embargo,
no evolucionará. Según P. París, e! final de los contactos entre los
iberos y los griegos y cartagineses, y la invasión de la
potencia imperial romana provocará un estancamiento artístico y su
continuación en un arte típicamente romano. Las ideas de este autor
fueron sostenidas, con ciertas variaciones, por otros investigadores,
como E. PHILlPON (1909, pp. 197-198), centrándose otros en e! influjo
fenicio (L. SIRET, 1908; J. DECHELETTE, 1909, p. 37).
Abandono de la tesis micénica:
aceptación de la influencia griega.
A lo largo de las primeras décadas
del siglo XX se desarrollarán importantes excavaciones: La
Alcudia de Elche (L. ALBERTINI, 1906; 1907), Covalta (M. A. V ALL DE
PLA, 1971), Azaila (J. CABRE, 1925), La Serreta de Alcoy (c. V ISEDO
MOLTO, 1922), Sagunto (M. GONZÁLEZ SIMANCAS, 1923), La Bastida de les
Alcuses de Mogente (I. BALLESTER TORMO y L. PERICOT, 1929), La
Albufereta y Tossal de Manises (J. LAFUENTE VIDAL, 1934), Collado de
los Jardines (I. CALVO y J. CABRE, 1918) y Ampurias (A. CAZURRO-GANDÍA,
1913-14). La exagerada subida de las fechas propuesta por P. París fue
pronto rechazada ante la evidencia de que la cerámica ibérica
perduraba hasta época romana, como quedaba demostrado en las
excavaciones de Ampurias (A. CAZURRO-GANDÍA, 1913-14, p. 657)
recogidas por E. POTTIER (1918, p. 282), Y en La Alcudia de Elche (E.
ALBERTINI, 1906, p. 333; 1907, p. 109).
En el campo de la escultura
zoomorfa se admitirá de forma generalizada un influjo griego
defendido ya por R. LANTIER (1917, p. 68) Y más sistematizado por
P. BOSCH GIMPERA (1919), quien opinaba que las esculturas que
presentan una clara morfología oriental-Bicha de Balazote, esfinges
del Salobral- se debían más a la gran asimilación de elementos
orientales por parte de! arte griego que a una dependencia
directa de los auténticos prototipos. Un segundo grupo, formado por
las esfinges de Agost o Villacarrillo, el grifo de Redován y
gran parte de las esculturas de toros \' leones derivarían del
contacto con los pueblos helénicos, principalmente los focenses,
primero por el mediodía peninsular y luego por Ampurias.
En esta misma dirección van las
opiniones de R. CARPENTIER (1925) quien defiende dos momentos en el
influjo griego, el primero terminaría a principios del siglo VI aC., y
penetraría desde el Mediterráneo a las tierras del interior.
Dependería de modelos arcaicos y tendría como exponente las obras más
perfectas, como la Dama de Elche, para la que acepta plenamente la
opinión de S. REINACH (1898, p. 59). La segunda fase queda limitada a
las costas de Valencia y Sudeste, con una cronología desde mediados
del siglo V hasta el 250 aC., durante la cual se reciben sólo influjos
aislados. Después de las primeras influencias de tipo griego arcaico,
el arte ibérico siguió un camino autónomo, manteniendo sólo contactos
esporádicos. Esta situación provocó un aislamiento que le impidió
seguir la evolución del arte griego, y le hizo seguir repitiendo los
mismos modelos y utilizando sin transformación las mismas
convenciones. La dominación romana no fue hostil al arte ibérico, pero
naturalmente lo modificó y terminó por suplantarlo. En su famoso
artículo «Relaciones entre el arte ibérico y el griego» y en otros
posteriores, P. BOSCH G IMPERA (1928, 1929 a y b) sigue las opiniones
del investigador americano, resaltando la influencia de Focea respecto
a las manifestaciones artísticas ibéricas. Sus hipótesis pueden
resumirse en dos puntos: - El arte ibérico surge a partir del griego y
evoluciona luego por su cuenta, recibiendo de vez en cuando influjos
de este último en épocas más recientes.
Estos influjos llegan a través de
las colonias griegas y de la presencia de mercenarios iberos en
Sicilia. Diversos autores admiten estas teorías, si bien con algunas
variantes. ]. R. MELIDA (1929, pp. 177-182) sigue afirmando el papel
que debió jugar la colonización fenicia y cartaginesa en las obras
escultóricas, mientras que A. GARCÍA BELLIDO (1931, p. 268; 1935 a y
b; 1936) rechaza estos influjos orientales y piensa que junto al arte
griego debía tenerse en cuenta el etrusco como motivador de la
plástica ibérica. Un último defensor de esta postura es P. DIXON
(1940), quien sitúa en una fecha antigua -mediados o finales del siglo
VI- algunas esculturas de animales, tanto reales como fantásticos,
siendo posteriores las figuras humanas. Para los leones señala las
tendencias orientalizantes de los escultores arcaicos griegos,
reconociendo como prototipo del león de Baena la figura del mismo
animal que se encuentra en la Ny Carlsberg Glyptotek de Copenhague o
los relieves del templo de Artemisa en Corfú (P. DIXON, 1940, p. 117).
Como dato aislado entre este grupo
de estudiosos que defienden claramente un influjo griego, y la
siguiente tendencia a rebajar las fechas hasta una época romana,
debemos hacer alusión al artículo publicado por E. JIMÉNEZ NAVARRO
(1943), primero que se dedicó monográficamente a una serie escultórica
animalista, después de un breve ensayo de P. BOSCH GIMPERA (1919).
Estudia este autor varios exvotos procedentes del Cerro de los Santos,
y establece las primeras ideas generales sobre el origen y desarrollo
de estas manifestaciones escultóricas. Diferencia tres escuelas
principales: la tartesia o andaluza, la ibérica o del Sudeste, y la
céltica o de la Meseta. En cuanto a la introducción de estas
manifestaciones atribuye, oponiéndose a otras opiniones ya citadas, un
papel predominante a los fenicios, que serían introductores de las
representaciones de animales, reales y fantásticos, en una fase
orientalizante que se desarrolló mediante contacto comercial entre
esos pueblos y los tartéssicos. Sobre este primer sustrato actuarán
después conjuntamente las influencias griegas de origen foceo y las
fenicias, que imitarán a su vez modelos griegos. Este doble impacto
será el que favorezca el auténtico florecimiento de la escultura
zoomorfa en Andalucía, desarrollada a finales del siglo V y todo el
siglo IV El considerable nivel cultural alcanzado por los pueblos de
la zona andaluza provocaría por contacto un segundo núcleo de
desarrollo escultórico en el área de Levante y Sudeste, centrado en el
ámbito contestano y con raíces en el mundo tartéssico. En cuanto al
área de la Meseta, considera que es la más tardía y que las
representaciones de toros y verracos no tienen un fin exclusivamente
funerario, como ya había opinado J. CABRE (1930). Los toros tendrían
un influjo andaluz, pudiendo ser algo anteriores al siglo III aC. A
partir de este momento, dejan paso, a las figuras de jabalí,
progresivamente más toscas y esquemáticas, separándose de su primitivo
origen tartéssico.
Durante los años treinta y cuarenta
se van desarrollando por otra parte nuevos trabajos de excavación,
aislados hasta cierto punto en este momento del aspecto teórico de la
sistematización de la escultura ibérica, pero que en fases posteriores
proporcionarán datos muy significativos en las nuevas
interpretaciones. Nos referimos a los de Cabecico del Tesoro de
Verdolay, en Murcia (G. NIETO, 193940); El Macalón, en Nerpio,
Albacete (E. CUADRADO, 1945 a), y Hoya de Santa Ana, también en
Albacete (J. SÁNCHEZ JIMÉNEZ, 1943; 1947).
Descenso de las fechas:
hipótesis de A. García Bellido .
Una nueva visión del arte ibérico
saldrá a la luz en la década de los años cuarenta y contará con una
vigencia considerable: se trata de una teoría expuesta por A. GARCÍA
BELLIDO (1943 a, b y c; 1948; 1954 a y b), en la que se defiende una
fecha tardía para la mayor parte de la producción escultórica.
Simplificando las opiniones de este autor, existiría un primer grupo,
situado entre mediados del siglo VI y el último tercio del siglo III
aC., en el que se incluirían obras de carácter «griego provincial» (A.
GARCÍA BELLIDO, 1943 a, p. 103) de tipo arcaico y greco-oriental. El
grueso de este grupo lo constituirían las esculturas de animales
fantásticos y algunas representaciones femeninas. El segundo período,
que va desde los últimos años del siglo III aC. a las primeras décadas
de la era presentaría obras de un carácter indígena más claro, que
repiten los modelos del arcaísmo griego en fórmulas rutinarias. Este
«pseudo-arcaísmo» es el que habría llevado a engaño a algunos autores,
que postulaban para este conjunto una cronología antigua (A. GARCÍA
BELLIDO, 1943 b, p. 272). Estaría compuesto, en lo referente a la
escultura animalística, por todas las figuras de leones, toros,
caballos, etc., sin características fantásticas. Por último, el tercer
período abarcaría desde mediados del siglo I dC. hasta el final de la
época romana imperial, y es calificado como un auténtico «arte romano
provincial» (A. GARCÍA BELLIDO, 1943 a, p. 103). Consta solamente de
ciertas perduraciones indígenas, reflejadas en algunos togado s del
Cerro de los Santos o en los exvotos de barro de La Serreta de Alcoy.
Apunta también este autor el hecho de que por las características de
las piezas pudiera hablarse de un primer paso en que éstas fueran
realizadas en madera.
Estas ideas tuvieron rápido eco en
algunos investigadores (M. V. MARTÍN ROCHA Y A. M. ELORRIETA LACY,
1946) centrándose aún otros en la importancia de la primera fase de
inspiración griega (A. PLA LARGOL, 1948, p. 244; D. FLETCHER, 1949,
pp. 11-17). F. BENOIT (1949) realiza una nueva sistematización
evolutiva de la escultura ibérica, individualizando tres fases: la
primera, arcaica o greca-oriental, semejante al primer grupo de A.
García Bellido, que considera de modelos jónicos, abarcando desde el
siglo VI a fines del siglo III aC. La segunda, de inspiración
helenística o greco-italiota, desde fines del siglo III al cambio de
era, en la que la escultura se libera del prototipo helénico para
adoptar un aire realista, propio del genio indígena. La última fase,
de arte romano provincial, comienza con la época imperial y en ella el
realismo del período precedente es sustituido por un simbolicismo
animalista, tomado de la mitología oriental y difundido entre las
zonas más romanizadas. Son sus piezas características los animales
fantásticos, que según esta hipótesis verían rebajada su fecha
considerablemente.
Década de los años cincuenta.
Primeros ensayos
sobre historia de las religiones.
Tomando como base las esculturas
zoomorfas, es importante resaltar algunos trabajos que, más que
estudiar las piezas desde el punto de vista estilística y evolutivo,
prefieren buscar las pautas de su significado dentro del contexto
religioso indígena. Ya A. FERNÁNDEZ DE AVILÉS (1942) y J. CARO BAROJA
(1946) habían dado cabida en sus obras a este tipo de investigaciones.
El resultado de esta tendencia quedará plasmado en esta década en una
serie de artículos más o menos amplios, centrados en el tema
religioso. Las figuraciones de toros y caballos en la numismática
fueron analizadas por J. YRIARTE (1952), mientras que J. M. NAVASCUES
(1952) recogía los nombres de las divinidades de tipo indígena que
aparecían en las fuentes epigráficas.
Los relieves ibéricos en los que se
representa un personaje entre caballos, la presencia de un personaje
femenino alado entre dos de estos animales en la cerámica de Elche, y
las figuras de exvotos equino s aparecidos en santuarios como el del
Cigarralejo (Mula, Murcia), mueven a E. CUADRADO (1952, a, p. 460) a
pensar que existía en la Península un culto a una divinidad protectora
de caballos, que cree de origen celta, aunque no se atreve a
identificarla con Epona. En cuanto a la divinidad femenina de Elche,
opina que se trata de una síntesis de la Artemisa de los focenses y la
Tanit de los púnicos, convirtiéndose en nuestra Península en una
Potnia hippon defensora de los más preciados animales del territorio
hispano (E. CUADRADO, 1956 a). F. BENOIT (1953) señala, por el
contrario, para estas representaciones, que él sitúa en época
republicana, un origen mediterráneo, pensando que el culto a Epona no
haría más que recoger y unificar una serie de manifestaciones comunes
a los mundos etrusco, griego y púnico. J. Mª BLÁZQUEZ (1954, 1956 Y
1958) rechaza que la figura de estos relieves tenga algo que ver con
Epona, y piensa que es necesario buscar los antecedentes y prototipos
en Grecia y Creta, situándose cronológicamente las piezas ibéricas
entre el siglo VI y el siglo III aC.
La figura del toro ocupa también un
puesto importante en estos estudios, siendo analizado principalmente
por A. ALVAREZ DE MIRANDA (1952, 1954), quien resalta sus propiedades
curativas, y su relación con la fecundidad y con el mundo de
ultratumba. Buen exponente de los estudios llevados a cabo hasta el
momento sobre estos aspectos es el trabajo de J. Mª BLÁZQUEZ (1957),
en el que aborda, basándose tanto en textos epigráficos como en
documentos puramente arqueológicos, el contexto religioso en el que
debieron vivir las comunidades prerromanas de la Península. En lo
referente a la figura del toro sigue las pautas señaladas por A.
Álvarez de Miranda. El culto al caballo recogería más elementos de
tipo céltico, ligándose a los signos astrales. Los santuarios ibéricos
estarían dedicados a divinidades locales de funciones específicas,
expresivas de una religión conservadora de tipo naturalista, dirigida
más al mantenimiento y aumento de la vida que a una salvación
individual (J. Mª BLÁZQUEZ, 1959). Pocas otras manifestaciones, a
excepción de toros y caballos, fueron objeto de análisis, siendo de
resaltar el trabajo de A. BALIL (1956) sobre el culto de las cabezas
cortadas, o el estudio de J. Mª BLÁZQUEZ (1955-56; 1957-58) sobre las
representaciones de una Pátera de Tivissa, en la que destaca la
existencia de seres intermedios entre los dioses y los hombres, hecho
que demuestra un entronque con el resto del Mediterráneo y de Asia
Menor. Cabe criticar en este momento algún ensayo aislado sobre cierto
tipo de esculturas como la esfinge de Bogarra (C. ALONSO DEL REAL,
1951)
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